A la hora de lanzar un nuevo producto las firmas cosméticas hacen uso de las más variadas estrategias para hacer creer al consumidor que se trata de algo revolucionario. Toda esa parafernalia suele resumirse en un estudio de eficacia cuyo fin es avalar los resultados. Dado que el consumidor medio no tiene interés en revisar esos estudios, basta con una buena campaña de márketing (y un poco de Photoshop) que le hagan creer que todos esos beneficios son reales. Sin embargo, ocurre que cuando uno quiere ver esas pruebas de eficacia (y me refiero aquí al estudio original no a los resultados que se muestran en las páginas web del producto) suele encontrarse, en la mayoría de los casos, con que no existen, o al menos no han sido publicadas en ningún sitio. Y es que las empresas de cosméticos suelen ser bastante reticentes a publicar sus estudios, y no digamos ya de hacerlo en revistas especializadas que tienen asignado un sistema de revisión por pares (el tipo de revistas que uso para referenciar todos los artículos del blog). Si tenemos en cuenta que una publicación científica sólo se considera válida cuando ha pasado por un proceso de revisión por pares, nos daremos cuenta que tras la ciencia que se nos presenta en la mayoría de los anuncios de cosméticos, hay más márketing que ciencia (yo lo llamo "márketing científico").
Afortunadamente no todas las firmas promocionan sus productos mediante "márketing científico". Algunas (las que menos) tienen la suficiente consideración con el consumidor y muestran los estudios de eficacia para que estos puedan decidir, en base a los resultados, si comprar o no el producto. Otras van más allá y presentan estudios que han sido publicados en revistas sometidas a un proceso de revisión por pares. Un ejemplo de ello es
Olay y su gama Professional (conocida en otros países como
Olay Pro-X).